Cartas a Cortázar #7: Mi corazón es un violín

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18 de enero de 2016, 10.30 pm.

Julio,
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, casi dos meses, aunque parece un año entero. Qué puedo decirte yo del tiempo, el tiempo que se deshace de placer tomándonos lección.

Se ha ido un año. Ha terminado el año en el que he comenzado a escribirte para hablarte de la música, de la muerte y de París. Ha terminado el año en el que sentí la transformación por debajo de la piel, filtrándose con astucia, como el preámbulo del humo que saldría de tu boca en 1967 por las calles de esa mismísima ciudad. 

Julio, algo se ha roto. Son las cadenas que me enlazaban a esta ciudad de furia, cemento y grito seco en las entrañas. He mirado a Buenos Aires a los ojos y le he pedido que me suelte, que en los últimos viajes he encontrado una forma nueva de sentir, de volver a respirar, como quién se salva del naufragio. Le he dado las gracias por dejarme cicatrices en los labios, por mecerme en su tumulto y ofrecerme un hogar entre sus manos. Pero como sabes, todo lo que empieza es, a la vez, el augurio de un final. Puedo sentir el indicio.

Buenos Aires me ha pedido tiempo. Me ha dicho que aún nos quedan páginas en blanco y poemas y versiones por leer; que todavía estamos a tiempo de una reconciliación. Entonces, miro tu foto. Miro tu foto para intentar dilucidar una respuesta, algo de ti que me ayude a decidir si quedarme o partir, si empezar a escribir las raíces en los pies, o buscar mi propio rumbo a la deriva, en el movimiento de la ruta, en los colores del ocaso; allí donde el tiempo cambia la pizarra por un lienzo y se convierte en Dalí.

Sigo mirando tu foto, y a pesar de que no nacen las respuestas, sí, crece la certeza de que algo adentro ha cambiado. He cambiado, Julio. He cambiado de piel: en el color de los mirlos, en la levedad de las flores, en los poemas en sismo; en tus libros, el de Anaïs y el de Clarice como un oráculo; en el fervor de Buenos Aires, en la nostalgia de París; en el crescendo del bosque, la canción de la noche y la montaña...
Pero todo lo anterior no ha sido más que una excusa para contarte lo importante:
He vuelto a nacer.
He vuelto a nacer y esta vez mi corazón se ha transformado en los latidos de un violín.


Escribir una carta de amor para un cuerpo ausente, para el verbo fantasma, para el hombre que pronuncia las ciudades al unísono conmigo.
Carta #1: http://goo.gl/hCo0Rm
Carta #2: http://goo.gl/KQf3g0

*
Imagen: Chris Marker- La Jetée ,1962
vía pariisi.tumblr.com

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