ON THE ROAD: Desde Adentro...

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"Mi madre solía decir que el amor nunca se malgasta, aunque no te lo devuelvan en la misma medida que mereces o deseas. -Déjalo salir a raudales -decía-. Abre tu corazón y no tengas miedo de que te lo rompan. Los corazones protegidos, acaban convertidos en piedra."
El café de los corazones rotos - Penelope Stokes.

SOUNDTRACK:

[…] Volvemos a montarnos en el micro, que para entonces más que micro ya era casa. Nuestro guía comienza una clase de historia improvisada. Reyes, reinas y coronas; tierras y territorios, traición, matrimonios forzados. Su relato me atrapa, al igual que a mis compañeros de palco móvil. El dramatismo de sus palabras me endulza los oídos, y sus gestos eligen al aire como escenario, asimilando pasos de danza contemporánea. Así, lentamente, Jorge se convierte en el mejor (no) profesor de historia que haya tenido el placer de conocer, y además en uno de los mejores Djs. Durante todo nuestro trayecto ibérico (cuando estamos fuera de clases) se dedica a mostrarnos un especial de canciones de habla hispana “para entrar en clima”.

Estamos camino a Barcelona. Sólo siento que no siento nada. La incertidumbre de lo que encontraré es abrasiva. Las dudas me comen la cabeza, y tengo hasta las uñas expectantes. Decido serenarme. Encuentro en mi ventana el marco perfecto para lograr mi objetivo.

La belleza de la naturaleza me conmueve. Deseo colonizar mi ego con su sentir profundo, que limpia profundamente. Respiro verde, exhalo verde, verde queda mi incendio. Ahora sí siento, y lo siento todo de golpe. La naturaleza ingresa por mi olfato con aroma silente, se divide; una corriente hacia arriba para empaparme el lado derecho del cerebro, la otra para abajo, por la tráquea, me llena los pulmones de pasión verdosa, me satura la panza de amor mariposado. Ahora sí siento, y sé que estoy cercana a la magia de un lugar que aún no conozco, pero que siento como si lo conociera. Dedico los próximos minutos a armar una comparación: esta llegada bien podría ser un encuentro amoroso, como cuando uno conoce por primera vez a alguien y tiene la extraña sensación de que ya se conocen de antes, y con las sincronías a flor de piel, se deja llevar por la marea de lo desconocido.

Barcelona. No nos conocíamos demasiado. Había admirado sus rasgos en libros de Gaudí, y sentía cierta devoción por sus veredas de tanto admirar fotografías ajenas; pero sólo eso, nada más ni nada menos. Y sin embargo…

Sigo mirando por mi anda-ventana. Con toda esta ilación podría haber tejido un telar. De fondo suena Nos sobran los motivos, gracias a un bloque de Sabina que Jorge le dedica especialmente a mi compañera de asiento. Desvío la mirada, la poso en ella. Lleva puesta una sonrisa que podría iluminar el universo. Sólo sé que siento todo. Mi amor por esta mujer no tiene límites. Le duplico la sonrisa, y me vuelvo órbita de un instante de perfección.

El cielo está más gris que en otros días. Nos tocaron nubes hollín. El contraste cromático es casi convulsivo. Afuera, el renglón entre la tierra y el cielo era claro; en mi campo interno ambos se mezclaban como acuarela, buscando una tonalidad inexistente, inventado un color que definiría lo que restaba de mi viaje.

[Algunas horas más tarde]
Las nubes hollín parecen haber emprendido su retirada para dejarme percibir la llegada de la tarde. Jorge anuncia que en algunos minutos, si el tráfico juega a favor, estaremos arribando a nuestro hotel.
Atravesamos el peaje. Mis ojos se (a)saltan con techos geométricos anaranjados. ¿Acaso salí de la clase de historia y entré en clase de geometría? El bus continúa su marcha. En el lateral de la autopista, un cartel de letras blanco robusto anuncia la entrada oficial a la ciudad: “BARCELONA”. No cabía duda. La certeza me cogió por la espalda, me abrazó y se rehusó a dejarme ir. En un minuto, en una mirada, en un suspiro, me enamoré de la ciudad geométrica. En un minuto, en una mirada, en un suspiro, quise ser escuadra y medirle los rincones, explorarle los ángulos. Los balcones nos escoltan hasta llegar al hotel (guardia de primera línea).

Al descender del autobús, noto que la sonrisa de mi compañera fue reemplazada por una mueca lastimosa. El dolor de columna que venía cargando desde nuestra estadía en Praga había logrado ganar terreno. Decretamos desensillar y montarnos en una carroza negra y amarilla, elegida al azar. Momento difícil. La amabilidad de nuestro entorno humano aplacó con éxito los nervios imposibles de esquivar.  El taxista de turno decide regalarnos un mini tour, luego de enterarse que teníamos pocas horas restantes en la ciudad.
Los seguros, coberturas y radiografías empapelaron las próximas 2 horas. El acento español anunció la noticia: la columna tenía pinzamientos y hernias de disco en su haber, y una consulta obligatoria al traumatólogo en el saldo deudor. La angustia y el miedo estaban en el aire. Regresamos al hotel desconociendo que a la vuelta de la esquina nos esperaba una noche-insomnio. Las horas de permanencia en la ciudad Gaudiana eran limitadas. Al día siguiente debíamos partir a Madrid.

Luego de una noche de almohadas sin descanso nos montamos en el autobús que nos depositaría en nuestro próximo destino. Jorge anuncia que en el camino visitaríamos la Sagrada Familia, La Pedrera y La Casa Batlló. Ahora Gaudí estaba en el aire. Finalmente Barcelona había activado su switch “seducción”.
Descendimos en una esquina, y caminamos hasta uno de los perfiles de la Sagrada Familia. Ahí estaba, la inmensidad hecha belleza, la intensidad encarnada en un nombre que llevaba consigo un mensaje mucho más profundo; dos palabras: Sagrada y Familia. Una mujer que esperaba en el micro: mi madre (también Sagrada). Una columna a mal traer. La geometría urbana erotizándome la piel. La gentileza de una cultura desconocida. Gaudí. El miedo y la felicidad como hermanos de sangre. La velocidad de la vida y el preámbulo de la pérdida... todos estos elementos combinados en mi cuerpo-coctelera para darle luz al trago agridulce que yo llamo vida.



PH: Sol Iametti

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